napoles

Nápoles está más viva que nunca. Las glorias del pasado, el genio napolitano, son el trampolín desde el cual la ciudad se lanza a explorar lo nuevo, y volver a la cabeza de las artes, la música y la buena vida. El Grand Tour, en nuestros días, vuelve a tener una cita en Nápoles.

1 Nápoles en 360º: La acrópolis de Nápoles es el Vómero. Una colina que la domina toda. Y en cuya cúspide borbotean, como un magma, lo ancestral y lo novísimo. En esa cima, y sobre el castillo angevino, el virrey español Pedro de Toledo rehizo para Carlos V una fortaleza que se adelantaba en más de un siglo a la arquitectura militar de Vauban: el castel Sant’ Elmo. Para verlo por dentro hay que aprovechar algún evento cultural (en el auditorio alojado en una antigua cisterna) o alguna exposición, entre muros ciclópeos, que parecen una alucinación de Piranesi. El techo de tal guarida es una inmensa terraza que parece una fantasía de De Chirico.

Desde ella se contempla Nápoles en 360º. Las construcciones incluyen una capilla, donde se encuentra la lauda sepulcral de Pedro de Toledo, y una Cárcel Alta convertida en Napoli Novecento, un museo in progress (así lo definen) que a las vanguardias del siglo XX (sezession, futurismo, neorrealismo, etc.) suma la obra de artistas napolitanos vivos, de la talla de Mimmo Paladino, Francesco Clemente o Nino Longobardi.

A los pies mismos del castillo se acomoda la Cartuja de San Martín, que es un museo biográfico de Nápoles. Lleno por tanto de guiños españoles: cuadros de Ribera (lo Spagnoletto), imágenes de Pedro de Toledo o Carlos V. Tras ver Nápoles por fuera, desde arriba, toca verla por dentro.

2 El metro más bello del mundo. Así lo calificaba The Daily Télegraph. Y no exageraba: las estaciones de las Líneas 1 y 6 están decoradas por artistas actuales de primerísimo rango, como Francesco Clemente, Pistoletto, Mario Merz, Iannis Kounellis, Ilya Kabakov… No son adornos, son obras monumentales; en la estación Toledo, por ejemplo, Óscar Tusquets ha creado un vestíbulo que sumerge a los pasajeros en un seno de azules marinos y destellos como de anémonas o estrellas.

La idea es que los viajeros del Metro napolitano se topen, sí o sí, gratis, con un museo de arte contemporáneo. Y no solo: en la estación Municipio, que está en obras (la que da acceso al Ayuntamiento y al icónico Castel Nuovo) se han recuperado los vestigios del puerto romano, que podrán contemplarse de camino a los quehaceres diarios. También hay visitas guiadas.

3 Memorias del subsuelo. La Galleria Borbonica (o Via delle Memorie) acaba de abrirse al público hace apenas un año. Las tripas de Nápoles. Que no hay que confundir con las Catacumbas, u otros subterráneos. Este auténtico hades napolitano comenzó a excavarse en el siglo XVI para sacar piedra volcánica (tufo) con la que construir el palacio Serra di Cassano. Luego se fue ampliando el recinto y también los usos: las oquedades sirvieron como cisternas o almacenes; los corredores como vías de escape o contrabando, y en la Segunda Guerra Mundial aquello creció de tal forma que podían circular coches y motos, además de guarecer a unos 10.000 vecinos. Esa es la faceta más emotiva: ver tal cual los vehículos ahora apilados y empolvados, las rudas instalaciones eléctricas y sanitarias, todo como si sus últimos ocupantes acabaran de abandonar los túneles para salir a la luz.

4 Sabores de la Pignasecca. La Pignasecca es una calle, pero así llaman a todo el barrio en torno a Piazza Caritá, al final de la Vía Toledo. Para los napolitanos es el sitio donde comprar barato, sobre todo comida: pasta, quesos, productos frescos, delikatessen… Además de tiendas y restaurantes célebres (como Da Attilio) hay puestos de comida callejera donde se puede probar algunas de las especialidades favoritas de los paisanos: frittatina di pasta, trippa, crocché, arancini, zeppoline. La pizza imprescindible. Y en cuanto a golosinas, no se les ocurra pedir una napolitana, no saben qué es eso; allí el dulce abrumador es la sfogliatella, acompañada a veces de babá, y en algunos sitios, los cannoli, típicos de Sicilia, que sí deberían ser patrimonio de la Unesco.

5 El otro volcán. A Pozzuoli, al este de Nápoles, se puede llegar en metro y suburbano (línea 2 + línea cumana). Allí se ha reabierto al público, hace aproximadamente un año, la ciudad romana, soterrada bajo la catedral, y todo un barrio conocido como Rione Terra. Un laberinto de calzadas, casas, tiendas, todo ello animado con efectos audiovisuales. La urbe romana fue tan importante como para tener dos anfiteatros; en las ruinas de uno de ellos, junto al puerto, se celebra un festival de música muy prestigioso. Además de la catedral, sobre el casco romano ahora soterrado se construyó, en el siglo XVII, todo un amasijo de casas y palacetes que llevan años preciosamente restaurados… y vacíos; no saben que hacer con ese barrio. En el casco urbano moderno, arropado por un parque, uno puede casi tocar el volcán Solfatara, hermano pequeño del Vesubio, que envuelve a los paseantes con chorros de gases y balsas de lodos hirvientes.

6 La movida joven. Dos son los focos que se disputan actualmente la atención: en el área de Chiaia, en torno a Piazza Vittoria, el ambiente es más chic, un poco en consonancia con todo ese barrio que tiene cierto sello de elegancia, con buenas tiendas y un activo centro de arte joven (PAN, Palazzo delle Arti di Napoli); los más concurridos son los baretti de San Pasquale (Harmony, Cantine Sociali, Chandelier). La recoleta Piazza dei Martiri es como un salón para quedar a tomar un café y hacer planes, por ejemplo, en La Caffettiera.

Muy distinto es el ambiente en torno a Piazza Dante y la contigua Piazza Bellini: aquel es territorio universitario, claramente. En torno al arco de Port’ Alba se extienden las librerías de lance y puestos callejeros de libros o películas (que quiso suprimir el Ayuntamiento, pero no pudo). Allí se podrán encontrar, seguramente, dos de las pelis que mejor definen la vis napolitana, L’ oro di Napoli, de Vittorio de Sica (1954), y La pelle, de Liliana Cavani (1981). Y muchos bares y caffè letterari que se prolongan por la Via Tribunali. Uno de los locales más populares, en Piazza Bellini, se conoce como Peppe Spritz, por el célebre spritz, aunque el nombre oficial es Caffè dell’ epoca. En algunos de estos bares (como Spazio Nea, Perditempo, Slash) organizan happenings, vernissages y otros eventos culturales.

7 Gabinete secreto. De la treintena de museos “oficiales” (es decir, sin contar palacios, iglesias o monasterios) hay uno que es imprescindible: el Museo Nazionale, reservado sobre todo a la escultura (la pintura se llevó al vecino museo Capodimonte) y a los hallazgos de Pompeya y Herculano. Impresiona ver el grado de sofisticación (y de lujo) del mobiliario, utensilios de cocina o instrumental quirúrgico traídos de dichas excavaciones. La pintura mural tiene aquí algunos ejemplos perfectamente equiparables a la excelencia de la estatuaria antigua. Existe un gabinete secreto para el que hay que pedir turno y hora al acceder al museo (sin coste suplementario); es el gabinete erótico. Una colección subida de tono, con toda la gramática amatoria de los romanos en forma de figuritas, pinturas y objetos, sin complejos.

8 Santa Lucía. Además de canción napolitana archifamosa, Santa Lucía es un barrio; el barrio marinero por excelencia de Nápoles, donde arranca el paseo marítimo que acaba en Mergelina, otro símbolo de la ciudad. Esta zona de Nápoles se clava como una flecha en el mar a través de un puente que lleva al castel dell’ Ovo, fortaleza maciza que se puede visitar gratuitamente y cuyo nombre viene de una leyenda: el poeta Virgilio habría enterrado en sus cimientos una urna secreta con un huevo, de cuya integridad dependería la fortuna del castillo y de toda Nápoles. A sus pies se recoge el Borgo Marinari, un pequeño nudo de callejas, restaurantes y terrazas con vistas al pequeño puerto pesquero y deportivo. Con el telón de fondo del Vesubio.